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LA INTUICIÓN ANCESTRAL COMO MEMORIA SAGRADA TRASCENDENTAL

14 mins de lectura

Por: Qhana Iyari-Tania Saucedo Marca

Amawta-Guía Espiritual

Responsable Departamental de Medicina Tradicional – La Paz

Bioquímica-Farmaceutica

Qollasuyu – El Alto, Bolivia

INTRODUCCIÓN

El desconocimiento de nuestros orígenes nos ha llevado a vivir una vida dependiente de los criterios de verdad que la modernidad nos impuso, esto sucede también en el caso de las enfermedades y sus etiologías, diagnóstico y sus tratamientos. Esto puede evidenciarse claramente en la forma de relacionarse con la pandemia, cuya característica es haber logrado trastornar al mundo entero sumiéndole en la “desesperanza” y dependencia a los sistemas de salud modernos capitalistas, desembocando en la pérdida de confianza y de “fe” en los mismos. Empero, esto también impulsó a virar la mirada hacia nosotros mismos, los pueblos del Abya Yala, que aún conservamos nuestra memoria ancestral y la hemos despertado, pero más importante aún, la hemos hecho práctica en estos últimos tiempos.

DESARROLLO

La COVID-19 que impactó a toda nuestra civilización, provocó el miedo y tristeza. Esto hizo que recordásemos desde la intuición más profunda los principios vitales con los cuales debíamos tratar la enfermedad. Esta intuición, que en última instancia es nuestra memoria ancestral nos posibilita comprender a dicho virus como un ente que podría ser equilibrador, pues este conlleva una singular naturaleza, una forma de adaptación, convivencia, vida y crianza qué como pueblos ancestrales lo comprendíamos pero que nos obligaron a olvidar. Lo anterior nos lleva a considerar cambios trascendentales y hablar de una soberanía en salud desde el reconocimiento de la sabiduría de nuestros ancestros -abuelas y abuelos de nuestros pueblos- que curaban con elementos de la naturaleza en complementariedad con distintas ceremonias. Este conocimiento proveniente desde la intuición más sagrada proporcionada por la Pachamama y nuestra cosmovivencia con los seres más pequeños (dependientes de otros seres) como el caso de los virus y diferentes seres causantes de patologías que causan diferentes desequilibrios.

Los virus conviven con nosotros desde hace miles de años, pero tenemos certeza fáctica de su existencia solo desde los años 60s, comprendiéndolos en sus diferentes variaciones de acuerdo a sus diversas mutaciones estos pueden causar daños a diferentes órganos y a distintos niveles, sean; pulmonar, hematológico, linfático entre otros, complicándose por diferentes factores externos como: factores racionales (filosofías peligrosas), corporales con (desnutriciones), emociónales (tristezas) o espirituales (vacíos existenciales y perdidas de fe) y que en ciertos casos sólo causaron síntomas leves de acuerdo el estado del sujeto.

Desde la Declaración de Emergencia de Salud Pública de carácter internacional el 30 de diciembre de 2019 por la OMS, esta nueva cepa de COVID altamente contagiosa nos impulsó a recurrir, recordar, comprender y cuidarnos, haciendo planes preventivos y de tratamiento general de índole intercultural que ya en nuestras culturas la aplicábamos y que los servicios médicos convencionales no fueron capaces de negar, pues, nuestros sistemas de sanación en referencia al sistema de salud moderno son más humanos y tiene como finalidad llegar a una convivencia armónica tratando a las enfermedades con respeto para poder restituir el equilibrio no solo del hombre o mujer, sino, hasta del mismo virus y de Pachamama.

Es así que desde nuestros mundos ancestrales y nuestra lengua decimos: “jach´a jaqirus, jiska jaquirus, jaqirusjamaw uñjañaxa”. Palabras que profesa uno de los muchos proverbios aymaras que quiere decir: tanto a las personas pequeñas y las personas grandes hay que tratarlos como gente. Porque en el mundo andino todos tienen su lugar y tienen el derecho de vivir en una cosmovivencia armónica de respeto entre los seres que compartimos la vida en la Pacha y somos criados por Pachamama y Pachaqamak.

En ese sentido, la acción de separación de la medicina en especialidades fragmenta la concepción de que la vida es un todo en equilibrio (precepto concebido desde nuestros pueblos ancestrales) y no solo desde una visión holística como se lo toma en diferentes medicinas prevalentes y reconocidas en diferentes países.

Estos conocimientos procedentes de los pueblos originarios ante la actual crisis de salud ha corroborado que no se puede separar a un ser sagrado en partes como a una máquina; cabeza (neurología), huesos (traumatología), corazón (cardiología), etc., porque la posible forma de dar soluciones a casos específicos es mediante la relación estrecha y recíproca de todos los componentes que conforman la vida: cuerpo, mente (razón), emoción (sentimientos), Ajayu (alma/espíritu/esencia/éter) y la relación con el entorno comunitario.

Desde nuestros pueblos no se olvida la vinculación holística de la vida y de la relación energética con los seres elementales/trascendentales no solo en un ámbito bio-geográfico, sino, hablando de Wak´as, Achachilas, Anchanchos y Sirinas entre otros que generan el Ayni (reciprocidad activa) y el Muyu (movimiento Toroidal) de energías equilibradoras y las implicancias de las relaciones cósmicas telúricas femeninas y masculinas por el cual los conocimientos ancestrales de los pueblos indígenas, en este caso aymara, tratan a diferentes enfermedades de manera integral En ese entendido, aun mejorando el estado clínico en la enfermedad, el hermano-paciente queda debilitado no solo corporalmente, sino, anímica y espiritualmente.

Uno de los factores no tratados, en los centros de salud modernos y occidentales, es el susto (miedo, terror, pavor, espanto, horror, pánico), que causa que el ajayu (espíritu/alma/ánimo) se aleje del paciente causando síntomas como insomnio, llanto y tristeza, y en ese caso la única forma de sanar este desequilibrio es a través de un procedimiento ritual de nuestros pueblos indígenas de las tierras altas del Qollasuyu, el cual es: hacer el llamamiento del ajayu o llamar el ajayu de una persona. La característica principal de este ritual es el de realizarlo de manera oportuna, es decir, cuando sea realizado como medida inmediata al suceso de enfermedad habrá una recuperación integral del paciente y de manera rápida.

Este ritual necesariamente –pero no exclusivamente– debe hacerse con un maestro sea Yatiri, Amawt´a o Chaman como se lo denomina en distintos pueblos y dependerá de la gravedad del caso. Debido a la gravedad del caso puede obviarse la presencia de un maestro, ante ausencia de este puede ser realizado por una persona anciana o mayor, que pueda interceder por el enfermo.

Por ejemplo, en ciertos casos cuando él bebe se asusta, la madre puede hacer el llamado del ajayu con el pecho (teta o mama) en la mano y con un gorrito en el que exista un pequeño algodón, acompañado con un pedazo de cheka (lana torcelada al lado derecho) y haciendo un llamado cariñoso con referencia al nombre completo y en algunos casos retándole para que vuelva el ajayu al cuerpo del enfermo. En otro caso, cuando la enfermedad es grave, este, si debe hacerse con un maestro y dependerá del tiempo trascurrido, pues si es demasiado el tiempo que el ajayu de una persona se extravío o fue espantado es más difícil realizar un simple llamamiento de ajayu y se requerirá de un ritual de poder más elevado en el que se pueda pedir la ayuda de un ser equilibrador de la vida, como son las wak´as (seres tutelares sagrados que habitan en las montañas y en los cerros), por cuanto si no se realizare este ritual el paciente no logrará recuperarse adecuadamente y hasta puede llegar a fallecer.

CONCLUSIÓN

Es necesario implementar los principios de equilibrio, como la reciprocidad comunitaria o la solidaridad en la comunidad a través de la integración, la cooperación, entre saberes corporales y espirituales. La reciprocidad, el emparentamiento, el enfamiliamiento y principalmente la relación comunitaria con nuestros seres sagrados tutelares y cósmicos podrán generar espacios propicios para restablecer la salud.

Este tiempo en el que los pueblos están mostrando su ajayu-espíritu, cuyo basamento son las enseñanzas del pasado, pero, aplicadas en el presente y en esta crisis de salud, es pertinente y urgente reconstituirlo y poder retornar a esa armonía con lo más sagrado que se nos fue otorgado, que es la vida misma y todo aquello que conlleva, principalmente, lo relacionado y aprendido respecto al virus COVID-19. Por cuanto, debemos plasmar nuestros conocimientos mediante la transmisión oral y práctica orientados en volverlos acciones estratégicas y guías prácticas, posibilitando que sean actividades normalizadas y pasos prioritarios con las comunidades y sectores más afectadas de nuestros pueblos.

Proponer que estos saberes no sean simplemente “promoción en salud”, sino, como un hábito encaminado al retorno y al cuidado sagrado del cuerpo y el ajayu integralmente. También, esta relación no solo es con el entorno como territorio, sino, como entes (ancestros y ancestras) energéticos que generan también el equilibrio de todos los con-vivientes, algo así como un ajayu colectivo por la pertenencia a una forma de vida de un lugar sagrado que sirva como elemento de prevención de diferentes factores desequilibradores.

Esta integralidad total es comprender, entender, sentir, vivir y redescubrir quiénes éramos y cómo nos curabamos, es recordar que nuestra forma de ver el mundo, la forma de concebir la salud es más humana y más racional. Pues una relación irrespetuosa con el mundo de los ancestros y ancestras es un factor -como en la medicina occidental- predisponente, así como desencadenante de los desequilibrios causantes de diferentes enfermedades.

Entender y concebir a los Achachilas –seres tutelares que son considerados los más sagrados y más antiguos de nuestros pueblos– no como cordillera, sino, como Apus, es decir; seres equilibradores guardianes del aliento de vida de todos los seres. Y por ello, esa intuición de que una planta, un ritual, una persona, un lugar es pertinente y contenedora de una “verdad” para sanarnos, es aquella acción ancestral que sobrepasa la ratio o razón moderna, y nos posibilita a concretar a reencontrarnos con la memoria sagrada trascendental de nuestros pueblos, es decir; de nuestro origen.

¡¡¡Jallalla, Abya Yala, Jallalla Qollasuyu.!!!

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